
Otra vez en Londres, esta vez de pisa y corre: un día y medio. Valió la pena por esta cenita en un lugar llamado Wild Honey.

Es uno de los secretos bien cuidados de la ciudad. Se supone que los chefs más pro se juntan ahí para el brunch dominical.

De camino al aeropuerto en el taxi. Casi casi que pierdo el vuelo.

Afortunadamente me tocó un ruquillo que llevaba más de treinta años de taxista y se sabía todos los atajos.

Buenas historias. Después de pelear en la segunda guerra mundial, su papá fue de los primeros choferes de los "double deckers";
los clásicos camiones rojos de dos pisos.
Pero nada como el hogar.